Eduardo Mariño / Fotos Jean Omar Escalona
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El estudio de la obra de Demetrio Silva (Nirgua, 1947) implica despojarse del esquema preconcebido del artista popular como intérprete de su entorno vital y sociológico y empezar a visualizarlo en su rol de modelador y transfigurador de una realidad subyacente. Esto nos permite una aproximación comprehensiva y coherente tanto a su universo temático como a la evolución técnica de una obra, en la que lo artístico siendo realmente abiertos al respecto no es sino un elemento más junto a los caracteres actitudinales y antropológicos que se derivan de su posición moral ante la vida.
Como primer punto debemos señalar que Demetrio, como lo ha comentado Antonio Trujillo, pertenece a la estirpe de los descolonizados, es decir, aquellos que de alguna manera se han liberado de las influencias alienantes, superándolas y entendiéndose directamente con sus raíces. Esto no debe limitar la lectura de su trabajo desde un acercamiento “indigenista”, aunque entre sus temas y sujetos preferidos esté lo prehispánico como carácter privilegiado. Esta actitud libertaria se ofrece más bien como la capacidad de ofrecer otra lectura a esta riquísima herencia, así como su efectiva incorporación simbólica y fáctica en el discurso de la obra de arte.
Esta libertad de reinterpretación y reubicación de los símbolos y estructuras conceptuales le permite al artista insertar estos temas y personajes dentro de un sensible y complejo discurso moral que abarca no sólo lo anecdótico como base edificante, sino el humor, la poesía y la tradición de su entorno y su propio papel como sostenedor y transmisor de ese mensaje. Así, el artista como fabulador ejerce también un papel de orientador y preservador de una tradición.

De la misma manera encontramos que, igualmente y con la misma facilidad, se incorporan el mensaje histórico y el bíblico como componentes inseparables de nuestra idiosincrasia, pero no en forma de productos de la alienación o como fardo derivado de la conquista o el proceso político, sino asumidos en libertad y armonía, vistos y vividos desde sus valores y principios éticos fundamentales.
Acercándonos al carácter formal de la obra, podemos abordarla desde tres vertientes claramente definidas: la escultura, la pintura y los objetos. Esta caracterización simplificada nos permite evaluar el crecimiento y temática de cada vertiente como las ramas de un mismo árbol, que se entretejen y llegan a cruzarse, pero manteniendo una estructura individual y definida, con particularidades y giros propios.
Ocupémonos en primer lugar de la escultura. Como el propio Demetrio lo ha afirmado, llega a ella desde lo lúdico, casi desde la creación de objetos utilitarios y es por eso que a éste otro aparte le damos una importancia semejante a su expresión puramente artística, dada la función genésica y reveladora que tiene tanto en el conjunto de su obra como en la construcción de su proyecto de vida.
En la escultura esto se manifiesta primeramente en los temas y el tratamiento al soporte o material. Su modo de expresión es la talla en piedra o madera, pero tanto en la una como en la otra, la forma respeta las líneas naturales y la conformación original del soporte, no como una manera de simplificar el oficio, sino enmarcados en una filosofía de vida en la que prevalece el respeto a la naturaleza y en el que la cultura aparece como medio de integración del hombre con los procesos naturales. De esta manera, la actitud hierática y rígida de los héroes y heroínas de nuestra Independencia (así como de ese alter ego de Demetrio que es simplemente el indio y al que nos referiremos más adelante) viene a ser un reflejo del hieratismo y pasividad superior y vigilante del árbol, de la montaña y de la piedra en una interpretación casi animista de los mismos.

Por otro lado, encontramos piezas de carácter moralizante, donde la distorsión de la forma natural es interpretada por el artista y aprovechada en la obra como símbolo de lo viciado y culpable, como la miseria humana con su semejante y consigo mismo; estos temas son recurrentes a lo largo de su obra, pues el discurso de Demetrio Silva está construido en torno a un principio de utilidad: El artista no sólo debe decir, sino debe decir cosas útiles, cosas que contribuyan al crecimiento moral y humano de quienes le rodean. Un severo compromiso social hay implícito en este discurso.
Demetrio también ha incursionado en la escultura de gran formato, a través del modelado con malla y cemento. En esta vertiente, encontramos que los protagonistas principales son evocaciones de él mismo a través de su visión particular de la vida. Son piezas cargadas de una intensa sensibilidad humana, sensibilidad manifiesta no sólo desde un humor simple y característico, sino también desde la denuncia de la crueldad e inhumanidad de la colonización y transculturización en sus diversas manifestaciones. Aquí se nos revela Demetrio a través de su alter ego más conocido: El indio, asumido como símbolo del espíritu rebelde e inocente, el indio como símbolo del hombre y sus valores ante la vida.
No en vano, Demetrio pasó su niñez y gran parte de su vida en las estibaciones de la serranía que se extiende desde La Sierra hasta Nirgua, región donde abundan los restos cerámicos y petroglifos de la etnia Jirajara, que ofreció especial resistencia a la invasión española, lo que dificultó el control de la zona por bastante tiempo. Su organización social era compleja, con líderes fuertes y prácticas culturales que les permitían mantener el control de sus territorios y de cuyas reminiscencias aún se nutren los habitantes de las poblaciones establecidas en la zona.
En sus piezas escultóricas destaca el tratamiento duro y definido de los rasgos: Las manos fuertes de los hombres, el erguido y vigoroso pecho de las mujeres. Esta clara valoración de los atributos físicos va de la mano con la que se otorga a los atributos morales de sus personajes. Esto lo veremos con mayor definición y extendiéndose a otras características, en su pintura, a la que consideramos una evolución en su discurso más que un complemento a su trabajo como escultor.
Conforme la edad avanza, el trabajo físico va cediendo a la reflexión: los años no pasan en vano y trabajar con inmensas rolas de madera o con grandes masas de piedra se va haciendo más difícil. De ahí el uso cada vez más frecuente de la malla y el cemento en desmedro de la talla, y la valorización cada vez más acentuada de la pintura como medio de expresión.

Y es este desarrollo del discurso el que se hace más que evidente en el análisis aún somero de la trayectoria de Demetrio como pintor. Desde el aspecto meramente formal, vemos como ha ido pasando del uso de materiales bastante convencionales como el óleo o los acrílicos sobre tela y el tratamiento de temas característicos del arte popular (verbigracia, escenas de la guerra de Independencia, paisajes y escenas pastoriles) al desarrollo de una técnica bastante peculiar y muy suya de usar pigmentos minerales que el mismo Demetrio prepara con un grado de depuración cromática asombroso sobre los más variados soportes.
Cada detalle, aunque pueda pasar por irrelevante a nivel compositivo, adquiere una significación y un valor en la trama que subyace detrás de la obra. Un ejemplo característico son los personajes y escenas que, al margen de la historia o nudo temático, aparecen como complemento humano y natural a la misma. Si bien, por ejemplo, el tema central es la época y faenas de la cosecha, no dejarán de aparecer marginalmente pequeñas historias como la del hombre corriéndole a un toro que le persigue por traer una camisa roja y al que le hace burlas un compañero que logró treparse a un árbol. Estas sub-tramas o elementos aparentemente transversales, conllevan una interpretación de la realidad más allá de la mera evocación del paisaje o la forma de vida: Incorporan el elemento espontáneo y travieso del artista al recrear su mundo desde el trabajo pictórico.
Aparece también en estos trabajos una evocación medievalista de la muerte: ésta se caracteriza y asume una personalidad propia y funcionalidad específica en la narración y sujetos. No sólo en las escenas que se relacionan con la guerra o la colonización, sino hasta en las escenas más tradicionales de un velorio o una fiesta popular, siempre, como en un cuadro de Brueghel el Viejo, aparece el claro símbolo, la inefable marca de la fatalidad, presente en cada hecho de la vida como uno de sus personajes ineludibles y a los que se guarda, como ocurría en la escultura con los héroes, la veneración y el respeto necesario a todos los elementos del orden natural.
Variada y diversa es la obra de Demetrio Silva, pero únicos son su carácter y su condición humana. En algún lejano momento de su niñez decidió ser artista y efectiva e incansablemente ha transitado ese camino; con los años ha construido un hogar, una familia, una escuela de jóvenes que ya siguen sus pasos, innumerables amigos que le respetan y admiran. Eso como las historias que le agrega a los cuadros también es parte de la obra.

2 comentarios
Interesante narrativa, no solo por su valiosa reseña al autor, sino también, por la relevante sustentación de lo argumentado, hecha con la obra de grandes maestros mundiales del arte. Felicitaciones Eduardo.
excelente mi hermano