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Los pasos remotos: un resumen geológico del actual San Carlos

por Eduardo Mariño
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Texto y fotos: Eduardo Mariño

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Caminamos cotidianamente por San Carlos y no percibimos el tiempo inmenso que flota alrededor y que se asienta en nuestras pisadas. Decía y se quedaba corto Javier Frías Vilera al afirmar que es una “ciudad asolada por lo antiguo”.

Estas líneas buscan ser parte de una bitácora que nos lleve a vagar aún más hacia atrás en ese mar de tiempo, cuando no había callejas, ni mangos, ni aún frondosos samanes. Cuando ni siquiera el Tirgua discurría en estas llanuras y lo que hoy es Cojedes era solo material de hechura, fragmentos de un continente en formación. Nacen también para contrarrestar la paradoja de que, siendo un país que vive de la riqueza del subsuelo, en nuestras escuelas no se enseña nada de geología.

El Cretácico de norte a sur

San Carlos es un valle plano por donde discurre tranquilo el río Tirgua, flanqueado al norte por las últimas ondas de la cordillera y al sur por un par de cerros que lo separan de la llanura inmensa y el territorio de las galeras.

Son los terrenos donde aflora la Formación Mucaria (Cretácico Superior, aproximadamente de 83.6 Ma a 66.0 Ma), que se presenta en la franja norte y sur de la ciudad como una secuencia marina de transición. Está compuesta predominantemente por limolitas silíceas de grano variable y un característico color ocre cremoso, que se intercalan con capas delgadas de lutitas calcáreas de color gris oscuro a negro, finamente laminadas, y nódulos de chert o pedernal.

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Estas gruesas capas de limolitas ocres conforman el grueso de los cerros La Misión y Barreto Méndez, las serranías donde se asienta la Villa Olímpica y el trayecto que remonta por la avenida Che Guevara hasta la Ciudad Judicial. También los cerros que se ubican en los alrededores de Fundación La Salle, la elevación donde se asienta la UEP Santiago Saword cerca del río Tirgua y el imponente bloque en El Limón, justo a la entrada de la autopista.

A diferencia del metamorfismo severo que sufrieron las unidades vecinas del norte, Mucaria preservó bastante bien su naturaleza sedimentaria original en el entorno local. Sus estratos de aguas tranquilas y deficientes en oxígeno (anóxicas) son célebres por albergar microfósiles pelágicos (como foraminíferos) y, más raramente, moldes aplanados de bivalvos cretácicos, convirtiéndola en un archivo químico excepcional del mar somero que precedió al gran levantamiento de la Cordillera de la Costa.

En el Barreto Méndez y en el Colegio de Ingenieros, los senderistas pueden apreciar lajas ocres de estas limolitas suaves que, en ocasiones, al abrirlas, exhiben hermosas dendritas de dióxido de manganeso que recuerdan helechos, o profusas líneas y anillos de Liesegang.

El hueso de los cerros

La presencia del chert o pedernal y de las limolitas chérticas en la Formación Mucaria es uno de sus rasgos más fascinantes. Mientras que las capas ocres y friables nos hablan de un fango cercano a los continentes, el chert representa el triunfo de la química pura y de la microvida oceánica silícea en las zonas más profundas de aquella cuenca del Cretácico Superior.

Para entender este material —que dicta la rigidez de la roca— hay que desglosarlo desde su origen microscópico hasta su comportamiento físico a gran escala.

El chert de la Formación Mucaria no es una roca hecha de granos de arena compactados, sino una roca sedimentaria biogénica y bioquímica microcristalina o criptocristalina. Está compuesta casi en su totalidad por sílice ($SiO_2$), principalmente en forma de cuarzo microscópico y calcedonia. Su nacimiento se debe a una lluvia incesante de esqueletos de organismos microscópicos que flotaban en el mar cretácico, principalmente radiolarios y diatomeas. Al morir, sus caparazones de sílice opalina caían al fondo marino profundo, acumulándose como un fango espeso y gelatinoso.

Durante la diagénesis (el entierro y compactación), ese ópalo inestable comenzó a disolverse en el agua porosa. Ante los cambios de presión, la sílice volvió a precipitar, pero esta vez rellenando absolutamente todos los huecos, convirtiéndose en una masa sólida, densa y dura que borró casi cualquier rastro de los poros originales.

Este es el material grisáceo que se extraía de la cantera en El Limón y que aparece en franjas en Barreto Méndez y Pan de Trigo. Al tacto es frío, extremadamente duro (raya el acero) y su fractura es concoidea perfecta: se rompe con bordes tan afilados como navajas, idéntico a la obsidiana o al vidrio.

A diferencia de las lutitas y limolitas ocres, el chert y las limolitas chérticas son químicamente inertes ante el agua de lluvia. No se oxidan (porque apenas tienen hierro) y no se disuelven con ácidos débiles. Son los huesos de la montaña; si el cerro sigue en pie y no ha sido aplanado por la erosión llanera, es gracias al escudo que imponen.

Materia suave

En cambio, las limolitas arcillosas a silíceas son el término medio. No son sílice pura como el chert, pero tampoco fango blando. Son rocas donde se mezcló el aporte de la tierra (granos de cuarzo de tamaño limo) con esa matriz de sílice química que acabamos de describir, dándole cohesión, pero no la suficiente para volverse esa especie de concreto natural.

La granulometría de la roca, entre los 0.05 y 0.1 mm, yace exactamente en el rango de los limos gruesos transicionando a arenas muy finas. Al ser granos angulares e irregulares, se traban mecánicamente entre sí, aumentando la resistencia tectónica del estrato.

El chert pardo y las limolitas silíceas son, en esencia, el archivo de la máxima madurez del mar de Mucaria, un monumento petrificado al festín de los radiolarios del Cretácico. Es curioso al menos que, habiendo sido lodo y pacíficos microorganismos, hoy se extraiga con brutales maquinarias para sostener puentes, carreteras y los mismos cimientos de nuestras ciudades.

Huellas de vida

Uno de los puntos más interesantes del recorrido por la Mucaria de San Carlos podría carecer de nombre. Yo le he llamado cerro El Limón porque queda en ese sector al sur, justo a la entrada de la autopista José Antonio Páez. He ido dos o tres veces y, a pesar de su sencillez, tiene una característica que lo hace inagotable: en su momento, esta enorme acumulación de sedimentos fue usada como cantera y una de sus laderas fue devastada con explosivos para extraer el precioso chert usado como agregado, quizás en la construcción de la propia autopista.

Es también, con sus 186 metros, el segundo punto más elevado en los alrededores inmediatos de San Carlos, solo superado por los 200 metros del Barreto Méndez.

A diferencia de este último, aquí las limolitas suaves no son la mayoría, sino una de color ocre mucho más competente y dura, así como grandes losas lenticulares de chert. Este tipo de concreción es bastante particular de la Formación Mucaria, con una forma que Franco Urbani, en la monografía Modernización de Datos Geológicos del Frente de Montaña de 2020, ha descrito como “arriñonadas”, siendo extremadamente duras y con abundantes turbaciones de origen biótico y sedimentario en su superficie.

El reactor químico

En los ambientes marinos profundos que dieron origen a la Formación Mucaria, el fango estaba habitado por pequeños organismos vermiformes u otros invertebrados cavadores. Estos excavaban túneles milimétricos para alimentarse o protegerse, revistiendo las paredes de la galería con moco orgánico.

Tras la muerte del organismo o el abandono de la galería, ese tubo lleno de materia orgánica concentrada se convirtió en un reactor químico. Las bacterias reductoras de sulfato se dieron un festín allí, alterando el microambiente local y precipitando sulfuros de hierro exclusivamente dentro del espacio del túnel. Con el paso de las eras geológicas y la exposición al oxígeno superficial, esa sección transversal de la galería se oxidó a limonita o goethita, legándonos este nódulo perfecto de 1 cm que hoy desencaja de su molde.

Desde una perspectiva científica y literaria, esta última imagen es de enorme belleza y ternura porque descarta la simetría abiótica perfecta. En lugar de bandas concéntricas estáticas, el análisis en detalle revela una textura celular, ramificada y llena de caminos internos, indicando que el hierro no se limitó a rodear un punto aleatorio, sino que invadió una estructura preexistente que tenía su propia porosidad interna, siguiendo la lógica de la vida.

Cientos, tal vez miles de años después, el mineral creció imitando las sutiles variaciones de ese espacio vivo. Asomarse al interior de este fragmento es ver cómo la vida sigue a la química, y la química a la vida, en un interminable ciclo de millones de años resumido en una sola metra de metal oxidado y piedra.

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