Penélope Claret Toro León / Fotos Wilfredo Machado
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A la memoria de Néstor Alí Ruiz
“Nos llevaríamos una tremenda sorpresa con la siguiente familia a quien visitamos al subir por otra de las lomas de este rojizo pueblo”. Así termina la nota titulada “Xiomara, una muñequera del barro”, sobre una ceramista habitante de la población de Lomas Bajas, mejor conocida como Las Lomas; una aldea escondida cerca del pueblo de Capacho en el estado Táchira. En aquella entrevista podrán encontrar la referencia a la causa de nuestra expectativa por el lugar. Se trata de un documental: “Yo, tú, Ismaelina”. Me perseguían las preguntas: ¿Por qué aquellas feministas y documentalistas, Franca Donda, Josefina Acevedo, Carmen Luisa Cisneros y Josefina Jordán eligieron Lomas Bajas? ¿Qué tenía de particular este pueblo, la vida de Ismaelina Nieto? Las respuestas vendrían redondas desde aquel paisaje escarlata, cual sangre de partos.
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Después de despedirnos de Xiomara y Néstor (Peluche), en compañía de Consuelo, nuestra atenta baqueana, emprendimos la marcha por una empinada cuesta. Llegamos a una casa grande y abierta que nos invitaba a subir por unas escalinatas, a cuyos lados divisábamos nichos con montones de piezas de barro. Desembocaríamos en un gran porche con maquinaria y más piezas apiñadas, unas descubiertas, otras tapadas. Mujeres de edades diversas trabajando en distintos puntos del proceso, un solo varón y, en la esquina izquierda, pegada a una pared de bahareque, una mujer mayor, sentada en un torno, que más bien parecía un trono.
Comenzamos el proceso casi rutinario de la preguntadera: “¿Cómo se hace esto?, ¿para qué sirve aquello?”. Y, como siempre, indagamos por los inicios de los aprendizajes en los oficios, intentando honrar a esos maestros y maestras que antecedieron.

—Yo aprendí de mi mamá.
—¿Y cómo se llamaba su mamá?
—Ella se llamaba Ismaelina Nieto.
¡Increíble! No teníamos ni la más remota esperanza de encontrarnos con la famosa Ismaelina después de que Consuelo Pérez, quien trabaja en la Casa de La Diversidad Cultural hace más de 20 años, nos dijera que ya había fallecido. Pero vinimos, por mera “casualidad”, a encontrarnos con una de sus hijas, su nieta y un mito escondido entre las grietas del bahareque.
Maestra alfarera con los pies sobre el barro
Trinidad Nieto (Trina) nació en Lomas Bajas en 1954 y ha vivido allí toda su vida. Como todas las loceras, crecieron entre y con el barro. Su madre, como es común en esta zona, fue sostén de hogar. Tal como se ve en el documental del Grupo Feminista Miércoles, las mujeres de esta peculiar aldea debían “cumplir con sus deberes de esposa”, “servir al marido”, realizar las labores domésticas y de cuidados, pero también trabajar en este bello y exigente oficio, el cual les aportaba grandes ventajas prácticas. Aparte de ser lo único que sabían hacer, podían aprovechar la materia prima que la naturaleza otorga y lo podían transmitir a sus hijas, como lo hicieron sus ancestras originarias.
—Este es trabajo de mujer; los hombres hacen, pero en molde, en torno las mujeres. Yo, lo primero que aprendí fue a hacer chuchos.
—¿Qué son chuchos?
—Son piecitas de esas chiquiticas. Yo me ponía a jugar en el torno con las figuritas de barro y ahí sacaba yo las piecitas: jarritas, pocillos, ollitas… Como pa’ jugá, con los hermanos. Y a los quince años ya hacía piezas más grandes, ya trabajaba.
—¿Y cuántos hermanos eran?
—Somos diecinueve hermanos, algunos se dedicaron a esto, otros no.
El taller es de una hija de Trinidad, Nancy Poveda, una mujer alta, empoderada y de amable sonrisa. Trinidad también “trabaja por fuera”, es jornalera, siempre en el torno, como ella misma dice y se ríe: “Pata y pata y pata todos los días”.
El rendimiento diario varía según el barro que esté disponible, tarea que se le encarga a los muchachos del pueblo, quienes lo traen en camiones, de una mina cercana de donde se extrae el barro que se usa para la producción alfarera, actividad económica casi exclusiva de la zona. De esa mina se saca arcilla de todos los colores. La escala de producción varía de acuerdo a las posibilidades de cada familia, algunas de las cuales poseen fábricas más o menos grandes.
—A veces saco veinte docenas de mondogueras o quince, es según como esté el barro. La arcilla roja es muy fina; hay que revolverla con la amarilla y eso se pasa por máquina, se muele todo.

La principal es la máquina que muele; antes de meterla allí, hay que trabajarla con un palo para dejarla lo más arenosa posible. Después se pasa a otra máquina, la amasadora, que, con un poco de agua, ablanda la arcilla. La que se destina para la elaboración de piezas de yeso en moldes debe quedar más blanda y la que va para trabajar en torno debe quedar más dura, se le va agregando agua según lo amerite. Las piezas que son muy grandes no se pueden elaborar en torno, sino en molde. Algunos materos pequeños se hacen con moldes de material reciclado, envases de plástico.
Trinidad paró su trabajo para la entrevista, pero en un momento, para que entendiésemos cómo es el proceso, se puso a “darle pata” de nuevo, demostrando su gran destreza y coordinación con cuatro extremidades, todas llenas de barro.
Ismaelina, una obsesión detrás del mito
Teníamos la oportunidad de conocer de primera mano la historia detrás la leyenda, sobre todo para Consuelo y para mí, a quienes la intriga por aquella mujer era como la que surge al ver las típicas “muñecas sin rostro”, uno de los orgullos de Nancy.
Ismaelina tuvo veinticinco hijos. Otra señora en Las Lomas tuvo veinticuatro. Las pérdidas no se cuentan.
Trinidad, quien lleva el apellido materno, es la mayor y dice que su padre, Sixto De Paulo, nunca se le ocurrió siquiera dedicarse a ese oficio y que “andaba a la suerte”, de lo que se infiere que no tenía trabajo fijo. El primer embarazo de Ismaelina fue a los trece años, una pérdida, y luego vino Trinidad.
—La cuestión es que ella no se hallaba si no estaba embarazada; le daba como una cosa, como una tristeza…
Al armar el rompecabezas entre el testimonio de su hija, el documental y las historias que le había escuchado Consuelo, Ismaelina sufría los tormentos de una relación conflictiva y tal vez su forma de llenar ese vacío era a través de embarazos, lo que se volvió una especie de obsesión, la obsesión por estar siempre en estado de gestación. De allí vienen las historias y los cuentos que se han extendido sobre su figura. De allí que para el Colectivo Audiovisual Feminista Grupo Miércoles fuera un ícono de la violencia basada en género (VBG) y de la explotación múltiple del sistema patriarcal hacia las mujeres, en este caso artesanas, portadoras de un saber y arte ancestral.

Ismaelina Nieto fue famosa por su historia de vida y también por ser una maestra del barro, una extraordinaria locera. Murió a los 44 años. Cuando le preguntamos a Trina por qué murió tan joven, nos habló de su testarudez:
“Ella llegó al extremo de irse a una alcantarilla de siete de la mañana a siete de la noche, pa arreglarla, imagínese eso, en la dieta de una cesárea de un par de gemelos. Agarró una infección, se agravó y Dios se la llevó”.
A pesar de su estado, seguía trabajando. “La dieta” es el nombre popular que se le da en Los Andes al puerperio. Con la infección vinieron complicaciones de salud y lo que se cuenta es que, al ver que ya no iba a poder gestar nunca más, “se dio por vencida de la vida”. Esta extraña obsesión y una vida condenada a contener todo sobre sus hombros (y matriz) la llevaron a la enfermedad y una muerte temprana.
De las artes más distintivas de Ismaelina fueron las piezas con “volaos” como pétalos de flores, pero de las cuales ya no queda ninguna. Al final de toda la conversa, salió a relucir que el sitio donde nos encontrábamos fue la mismísima casa de Ismaelina, ahora ampliada. Pregunté cuál de todas era la parte original y Trina señaló un gran cuarto de bahareque, ese de cuyas paredes se recostaba ella para la faena. Consuelo, incrédula, volvió a preguntar lo mismo y en silencio ambas nos quedamos mirando el espacio, como si quisiéramos evocarla regando el barro con sus manos por entre los largueros. De la abuela maestra locera no quedó ninguna pieza, pero sí la casa que dio cobijo a su prole, hecha con sus propias manos.
Al partir, en la contemplación del paisaje se me delinearon venus paleolíticas, tetas y barrigas en preñez. Tierra yerma y fértil a la vez, como rasgada por un tigre gigantesco, de cuyas redondeces emergieron las respuestas a mis preguntas. Aquel día acaso había podido encarnar la misma experiencia de aquellas pioneras, a quienes esas mismas lomas les hablarían de inmortalizar a Ismaelina Nieto.

